El acoso entre adolescentes dejó de estar sujeto sólo al ámbito escolar. Ahora con las redes sociales, la violencia acrecentó y continúa fuera del aula. Ante este escenario, Radio UNNE dialogó con la médica pediatra Mayra Pertiñez, integrante del Comité de Estudio Permanente del Adolescente de la Sociedad Argentina de Pediatría, quien analizó las señales de alerta, el rol de las familias, las escuelas y los compañeros y la importancia de no responsabilizar al adolescente que atraviesa una situación de bullying.
La escuela como establecimiento escolar físico ya no representa el único escenario donde los adolescentes padecen bullying. Con la vorágine de las redes sociales, los espacios digitales comenzaron a ganar terreno en el constante hostigamiento por parte de pares. Ante este nuevo escenario, la violencia puede continuar a través de un grupo de chat, de mensajería privada en redes sociales, así como también a través de la mensajería privada en juegos virtuales o a través de la creación de perfiles falsos con tal de acosar a una persona. Frente a esta nueva realidad que atraviesan niños, niñas y adolescentes , Radio UNNE dialogó con Mayra Pertiñez, médica pediatra e integrante del Comité de Estudio Permanente del Adolescente (CEPA) de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).
Al comenzar la entrevista, la especialista señaló que este nuevo contexto digital supone prácticas ejercidas por el niño acosador como “la suplantación de la identidad, la difusión de contenidos de la víctima violando su privacidad, manipulando situación o excluyendo a la persona de chats grupales”. Así es como el niño/a u adolescente, se va alejando aún más de círculos sociales, porque hay un grupo social predominante que lo hace posible, generando síntomas en la persona que es víctima de esta situación.
Uno de los interrogantes que se realizó a la médica se enfocaba en cómo las familias pueden detectar que un niño/a o adolescente puede estar atravesando una situación de bullying, especialmente cuando no lo comunica de manera directa. Ante este aspecto, Pertiñez advirtió que algunas manifestaciones pueden observarse en el cambio de comportamiento cotidiano y también en la salud física del niño.
“Entre las señales alarmantes están la alteración del rendimiento escolar, bajando sus calificaciones, la pérdida de interés en actividades en las que antes sí la tenía, la disminución de la autoestima, cambios en el estado de ánimo y situaciones específicas que generen ansiedad o depresión en el niño”. Asimismo, también pueden presentarse síntomas físicos como “dolores de cabeza, vómitos, que cuando uno lo lleva al médico, no hay una explicación orgánica del cuerpo”. O también, pueden vincular aquellas señales asociadas a no aparecer en momentos especiales para la vida escolar, como por ejemplo “los domingos previos a la semana escolar o el domingo antes de comenzar las clases, cuando los chicos empiezan a tener sensaciones de ansiedad o depresión”.
No obstante, la pediatra aclaró que primero tiene que haber una derivación médica integral para descartar que las causas sean orgánicas, y en caso de que no lo fueren, derivar al área de salud mental para una intervención. En este aspecto, “la psicología ayuda a que el niño de a poco vaya despertando el dolor que siente a través del cuerpo”, remarcó.
“la psicología ayuda a que el niño de a poco vaya despertando el dolor que siente a través del cuerpo”.
Según datos de UNICEF Argentina, la proporción de adolescentes de entre 13 y 17 años que reportó haber sufrido situaciones de acoso en su entorno pasó del 25% al 41% entre 2024 y 2025. La observación de estos cambios no implica necesariamente que exista bullying. Pero sí puede constituir una señal para que los adultos presten atención y generen un espacio de escucha.
Escuchar antes de intervenir
Para Pertiñez, la respuesta de los adultos tiene un papel central, tanto cuando un niño es víctima de una agresión como cuando forma parte del grupo que la ejerce o la observa. En el caso de quien recibe la violencia, planteó la necesidad de abordar la situación desde el respeto y dar el espacio necesario al niño/ adolescente para que pueda contar lo que le está pasando. “Tenemos que tratarlos con respeto, buscar espacio de escucha, aunque les cueste, y luego acercarnos a la institución para comentar lo que están padeciendo”, sostuvo.
La doctora también señaló que cuando ocurre el caso contrario, es decir cuando es el adolescente el que ejerce la violencia, “hay que enfocarnos en acercarnos a él, preguntarle porqué realiza tal acto, y tratar de reflexionar en esta situación”. Y a su vez, incluir a un tercer actor que, según destacó, muchas veces queda fuera de las intervenciones: quienes observan porque sucede muchas veces que perpetúan la agresión por la influencia del grupo.
“Si nuestro niño, nuestro adolescente está dentro del grupo de pares que observa violencia, es importante en estos casos, que pueda acercarse un adulto referente para poder intervenir y ser sostén de la situación, quien enseñará con sus palabras y ejemplo”, aclaró.
De esta manera, el abordaje no queda limitado a la relación entre víctima y agresor, sino que contempla también al grupo que presencia quien también aprende de la situación para futuros casos.
“No hay que minimizar ni naturalizar un hecho de bullying”
Una de las advertencias centrales de la especialista fue evitar que el bullying sea interpretado simplemente como una pelea entre compañeros. “No debemos, bajo ningún caso, minimizar por ejemplo una pelea aislada entre compañeros o una situación de bullying que le pueda generar daño repetitivo, dolor a un otro”, remarcó.
La intervención y la respuesta a tiempo suman de mucho valor, porque esto ayuda entre los pares a reconocer un conflicto, más aún en situaciones que pueden aumentar la vulnerabilidad en la que se encuentra un niño. “Hay entornos donde no aceptan la diversidad, hay mucha discriminación e intolerancia social y esto genera mayor vulnerabilidad en adolescentes que no pueden expresarse libremente”, puntualizó.
“Hay entornos donde no aceptan la diversidad, hay mucha discriminación e intolerancia social y esto genera mayor vulnerabilidad en adolescentes que no pueden expresarse libremente”.
Además, si frente a este escenario, se suman los espacios de virtualidad donde se extiende el bullying , el problema se complejiza. “Porque aquí la situación en particular, es que los contenidos sobre la víctima, se comparten, replican o permanecen disponibles, ampliando su alcance a otros integrantes del grupo, re victimizando aún más al niño”, explicó.
“Con la parte virtual, la escuela dice: ‘Bueno, del colegio para afuera ya no es nuestra situación’. Cuando en realidad, deben intervenir porque el gostheo se sigue produciendo día a día”, agregó.
Por eso, planteó que el primer paso es la detección y, a partir de allí, la articulación entre los distintos actores: área de salud, padres, pares y actores de la institución.
“Con la parte virtual, la escuela dice: ‘Bueno, del colegio para afuera ya no es nuestra situación’. Cuando en realidad, deben intervenir porque el gostheo se sigue produciendo día a día”.
Cuando la respuesta al aislamiento no termina siendo la solución del problema
Frente a una situación de bullying, una de las alternativas que puede surgir es cambiar de curso o de escuela a la persona que atraviesa la agresión. Pertiñez cuestionó esta respuesta, dado que termina desplazando a la víctima las consecuencias de una violencia ejercida por terceros. “La solución no es te saco de este curso y te pongo en otro curso. Porque una medida como este tipo transmite la idea de que la resolución del conflicto supone retirar del escenario a la persona que es víctima o agresor, cuando no les están enseñando el problema que hay de raíz”.
“La solución no es te saco de este curso y te pongo en otro curso. Porque una medida como este tipo transmite la idea de que la resolución del conflicto supone retirar del escenario a la persona que es víctima o agresor, cuando no les están enseñando el problema que hay de raíz”.
La especialista remarca que el mensaje allí, es decir que “para la sociedad el problema sos vos, por tanto te saco, te aislo y se soluciona la situación conflictiva. Cuando de manera contraria, los profesionales de la salud y la educación deben intervenir para ser críticos de la situación y resolver, dando el ejemplo a los pares”, reflexionó.
El abordaje del bullying requiere, según la especialista, una articulación entre las familias, las escuelas, los equipos de salud y los organismos de protección de derechos. Pertiñez señaló que algunas instituciones educativas cuentan con gabinetes pedagógicos, pero observó que en la práctica muchas veces la intervención se concentra en la persona que sufre la agresión y en quien la ejerce. Por eso consideró necesario trabajar también con los grupos de pares, las normas de convivencia y los espacios institucionales destinados a abordar los conflictos.
La comunicación como herramienta de prevención
Ante una problemática que muchas veces de a los padres resulta difícil ver y reconocer , la comunicación efectiva y afectiva, resulta ser la herramienta central para detectar a tiempo y acompañar al niño.
“La comunicación sigue siendo la clave, poner en palabras lo que pasa por el cuerpo y la mente. Valorar y respetar lo que el niño agredido cuenta, reflexionar sobre la situación de violencia que envuelve al agresor e invitar a quienes son parte a acercarse a dialogar con un adulto. Hay que comenzar a involucrarnos”, afirmó.
La especialista recordó además que existen herramientas institucionales para solicitar intervención ante situaciones que involucren la vulneración de derechos de niños y adolescentes, entre ellas la Línea 102.

De esta manera, el desafío entonces, no consiste únicamente en detectar quién agrede y quién es agredido. Implica también observar qué sucede alrededor, escuchar a los niños/as y adolescentes, identificar cambios de conducta y evitar que determinadas formas de violencia sean naturalizadas y replicadas en entornos digitales.
“No hay que olvidar que la escuela puede ser uno de los escenarios donde comienza o se manifiesta el problema, pero la violencia puede continuar mucho después de que termina la jornada escolar”, concluyó.
Frente a esa realidad, la intervención de los adultos es esencial. Como Pertiñez señala, la respuesta más acertada comienza con lo más elemental: preguntar al niño qué le está pasando, escucharlo y tomar sus sentimientos en serio.

















