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NUEVOS CONOCIMIENTOS
Las moscas del Chaco Seco podrían medir el daño humano al monte nativo

Uno de los aportes de esta investigación es el inventario de especies que será un insumo para el campo de la medicina legal en la región, donde el conocimiento sobre qué moscas habitan el Chaco Seco y en qué condiciones aparecen es aún escaso.

La estudiante de Ciencias Biológicas de la UNNE, Anabella Cortez recolecta y clasifica moscas en tres tipos de ambientes del noroeste chaqueño —bosque nativo, zonas rurales y ciudades— para determinar si la composición de esas poblaciones cambia según el grado de intervención humana. La hipótesis es que esos insectos funcionan como un registro del deterioro del ambiente.

No todas las moscas son iguales ni viven en los mismos lugares. Algunas familias dentro de este grupo de insectos son conocidas por su capacidad de responder con rapidez a los cambios en el ambiente que las rodea: si un bosque se tala para plantar soja o si una localidad crece y genera más basura, la composición de las poblaciones de moscas en ese lugar se transforma.

En el noroeste de la provincia del Chaco, donde el monte nativo convive con campos de cultivo y zonas urbanas en expansión, una estudiante de Ciencias Biológicas en la FaCENA de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) lleva adelante un trabajo de investigación que usa a las moscas como herramienta para medir el estado de los bosques.

La becaria es Anabella Cortez y su trabajo se titula «Diversidad de dípteros caliptrados en el Chaco Seco, provincia del Chaco, Argentina». El proyecto es financiado por una beca del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y tiene como director al doctor Matías Ignacio Dufek, investigador del CONICET.

El trabajo de Cortez se concentra en dos familias de moscas en particular: las llamadas moscas de la carne y las moscas verdes o azules, grupos que incluyen especies que se alimentan y reproducen sobre materia orgánica en descomposición, como carroña y residuos de origen animal. Este rasgo las hace relevantes para la medicina legal —ya que permiten estimar el tiempo de muerte en una escena forense—, para la medicina veterinaria —porque algunas producen infestaciones en animales— y para la ecología, porque revelan cómo se organiza la vida en un ambiente dado.

El doctor Matías Ignacio Dufek junto a la becaria Anabella Cortez, llevan adelante un trabajo de investigación que usa a las moscas como herramienta para medir el estado de deterioro de los bosques.

La semejanza que no es buena señal. El Chaco Seco es una de las regiones con mayor biodiversidad de América del Sur y, al mismo tiempo, una de las que más ha sido modificada por la actividad humana. La expansión de los campos de soja y la ganadería avanzó sobre el bosque nativo durante décadas, un proceso que en términos técnicos se llama deforestación por avance de la frontera agropecuaria. A eso se suma el crecimiento de las ciudades. El resultado es un paisaje fragmentado, donde parches de monte conviven con zonas rurales y urbanas.

Cortez parte de la hipótesis de que las comunidades de moscas que viven en un bosque nativo sin tocar difieren de las que habitan un campo cultivado o una ciudad, y que esas diferencias son el reflejo de los cambios que la actividad humana ha provocado en la vegetación y en la estructura del ambiente. Dicho de otra forma: si se encuentra el mismo tipo de mosca tanto en el monte como en la ciudad, algo en el monte se parece demasiado a la ciudad. Y eso no es buena señal.

Composición en distintos ambientes. El objetivo del trabajo es analizar cómo varía la composición de estas comunidades de moscas en tres tipos de ambientes: el bosque nativo sin intervención humana, las áreas rurales con actividad agropecuaria y los entornos urbanos.

Para eso, Cortez relevará qué especies están presentes en cada lugar, cuántos individuos hay de cada una y cuáles de esas especies tienen una relación estrecha con los seres humanos —es decir, cuáles son las que conviven de manera habitual con la gente y sus desechos, lo que se denomina en términos técnicos «sinantropía».

Con esos datos, la becaria comparará los tres tipos de ambientes entre sí para determinar si existe una relación entre el grado de modificación humana del entorno y la composición de las comunidades de moscas. La pregunta de fondo es: ¿qué tan diferente es la fauna de moscas de un bosque sin tocar respecto de uno intervenido, y qué nos dice esa diferencia sobre el estado de ese ambiente?.

Capturas con trampas. El trabajo de campo se desarrollará en el noroeste de la provincia del Chaco. En cada uno de los tres tipos de ambientes —bosque nativo, rural y urbano—, se seleccionarán cinco puntos de recolección separados entre sí por al menos 100 metros. Entre un ambiente y otro, la distancia mínima será de cuatro kilómetros, para evitar que los datos de un sitio interfieran con los del siguiente.

En cada punto se colocará una trampa colgante —denominada trampa van Someren-Rydon— a una altura de al menos un metro y medio del suelo, con calamar en estado de descomposición como cebo para atraer a las moscas. Las trampas se revisarán dos veces por día: entre las 11 y las 12 del mediodía, y entre las 18 y las 19 de la tarde. En cada visita, se registrarán también la temperatura, la humedad del ambiente y los datos de lluvia, variables que influyen en la actividad de los insectos.

Los ejemplares recolectados se llevarán al Laboratorio de Biología de los Artrópodos de la FaCENA, donde se contarán, se clasificarán por sexo, se montarán para su conservación y se identificarán según la especie a la que pertenecen. Los casos que presenten dudas se cotejarán con la colección entomológica institucional denominada CAUNNE.

El trabajo de Cortez se concentra en dos familias de moscas en particular: las llamadas moscas de la carne y las moscas verdes o azules, grupos que incluyen especies que se alimentan y reproducen sobre materia orgánica en descomposición.

Sin información específica. Hasta el momento, los estudios sobre estos grupos de moscas en Argentina se realizaron en los parques nacionales de la Patagonia, en la reserva natural de Otamendi en Buenos Aires, en los Esteros del Iberá en Corrientes y en el este del Chaco, que corresponde a la subregión del Chaco Húmedo. El Chaco Seco, en cambio, no cuenta con estudios específicos sobre la diversidad de estas familias. Esa ausencia de información es la que el trabajo de Cortez busca revertir.

El proyecto se enmarca en una línea de investigación más amplia de la UNNE sobre la diversidad de insectos en ambientes nativos y modificados del Chaco Semiárido, y constituye una extensión de las pasantías de investigación que Cortez ya venía realizando. La beca del CIN le permite ahora profundizar la experiencia tanto en el trabajo de campo como en el análisis en laboratorio.

Aplicación de los resultados. Los datos que genere la investigación tendrán aplicaciones en distintos campos. En primer lugar, aportarán información para la gestión y la conservación de los recursos naturales del Chaco Seco, una región que pierde superficie de bosque nativo cada año. Saber qué especies de moscas están presentes y en qué proporción en cada tipo de ambiente puede servir como herramienta para detectar y cuantificar el deterioro de un ecosistema, de la misma manera en que se usa un análisis de laboratorio para detectar una enfermedad.

En segundo lugar, los resultados tendrán relevancia para la salud humana y veterinaria, dado que algunas de las especies estudiadas pueden producir infestaciones en personas y animales, y otras actúan como vehículos de microorganismos que causan enfermedades. Por último, el inventario de especies que se construya con este trabajo será un insumo para el campo de la medicina legal en la región, donde el conocimiento sobre qué moscas habitan el Chaco Seco y en qué condiciones aparecen es aún escaso.