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DÍA INTERNACIONAL DEL TRABAJO
Trabajos extraordinarios: cuando la pasión convierte lo desconocido en vocación

 

En el Día Internacional del Trabajo, tres trabajadores de la UNNE cuentan sus oficios poco conocidos: construir maquetas que simulan el viento, conservar piezas anatómicas para la ciencia y dibujar plantas con tinta china para publicaciones de todo el mundo.

Cuando nuestro trabajo es una actividad que nos apasiona y nos llena el corazón, sentimos que estamos haciendo algo extraordinario. Puede ser el más simple o el más complejo, pero si al terminar el día sentimos el alma llena de satisfacción, ese trabajo nos permite sentirnos personas con dignidad. En la Universidad Nacional del Nordeste hay trabajadores que hacen exactamente eso, aunque pocos sepan explicar en una sola oración a qué se dedican.

El viento en una maqueta

Beatriz Iturri es laboratorista en el Laboratorio de Aerodinámica de la Facultad de Ingeniería. Su trabajo consiste en construir modelos a escala de edificios e instrumentarlos para ensayarlos en el túnel de viento, un equipo que simula las condiciones del viento real para medir cómo afecta a las estructuras antes de que se construyan.

«Cuando estamos trabajando en un modelo, lo que se hace es construirlo, después colocar las tomas de presión o instrumentarlo de acuerdo al ensayo que se quiera realizar. Eso toma varias semanas, porque no es solamente construir el modelo, también hay que construir todo el entorno», explica Beatriz.

El túnel de viento de la facultad tiene más de treinta años y evolucionó junto con la tecnología. Hoy, los modelos se diseñan en computadora y se imprimen en impresoras 3D, lo que permite mayor fidelidad y detalle respecto de los antiguos modelos de madera. Entre los trabajos que pasaron por ese laboratorio hay edificios de Buenos Aires, la costanera de Posadas, paneles solares en San Juan y hasta la Torre Trump en Punta del Este.

Cuando alguien le pregunta a qué se dedica, Beatriz dice que trabaja con maquetas en un laboratorio de la facultad. «Con eso más o menos se dan una idea», sonríe. Lo que no alcanza a describir esa respuesta simple es la complejidad de replicar el viento de cada ciudad: los bloques que se colocan dentro del túnel representan los edificios del entorno, porque el viento cambia según los obstáculos que encuentre. «Se trata de representar el viento donde va a estar ubicado el edificio», resume.

Lo que más disfruta de su trabajo es aprender constantemente. Cuando empezó no sabía nada de impresión 3D y tuvo que capacitarse. «Siempre tiene que estar en constante aprendizaje», dice, y corrige su propio tropiezo con la palabra como si quisiera demostrar, justo ahí, que todavía está aprendiendo.

El arte de conservar lo que enseña

Enrique Germán Romero lleva más de quince años en la UNNE como jefe del Laboratorio de Anatomía Humana de la Facultad de Medicina. Su trabajo es conservar el material anatómico —cuerpos y piezas cadavéricas— que utilizan los estudiantes de primer año de Medicina, y generar piezas para el Museo de Anatomía del Desarrollo.

 

«Lo que más me gusta es generar material que quede para la posteridad», dice Enrique. Ese material toma la forma de piezas en seco, obtenidas mediante diversas técnicas anatómicas que minimizan el uso de formol y otros químicos tóxicos, uno de los aspectos más complejos y delicados de su tarea.

Su vínculo con la anatomía comenzó desde el primer día de Medicina. «La primera materia que se da es Anatomía Humana. A partir de ahí me dediqué a ser docente y nunca más salí de eso», recuerda. Hoy recibe contingentes de estudiantes a quienes les explica las técnicas del laboratorio y la importancia del museo, con un objetivo claro: desmitificar lo que rodea al uso de cadáveres en la ciencia.

«Siempre hay mitos de que se consiguen cadáveres por fuera», reconoce. Por eso dedica tiempo a explicar que el material fetal, por ejemplo, proviene de hospitales, de abortos espontáneos, con donación y consentimiento informado de los padres. En su trabajo, la transparencia es también parte del oficio.

Dibujar lo invisible a simple vista

Laura Simón ocupa su cargo hace 38 años. Es ilustradora científica botánica en el Instituto de Botánica del Nordeste y su trabajo consiste en dibujar plantas —sus portes, flores, frutos y detalles microscópicos— para publicaciones científicas, revistas especializadas de todo el mundo y tesis doctorales.

«Ver las plantas desde otra óptica, desde otro lugar, bajo la lupa, es un mundo maravilloso», describe. Lo que dibuja no es la planta tal como se ve en la naturaleza, sino el ejemplar de herbario ya procesado, con sus características “acentuadas” o “exageradas”, “entre comillas”, aclara ella, para que el botánico pueda identificar una especie y distinguirla de otra.

Laura trabaja con tinta china, lapiceras descartables de distintos grosores, papel de ilustración doble satinado y una lupa binocular con cámara clara que le permite dibujar y calcar al mismo tiempo. Nunca repite una ilustración. No sabe cuántas lleva hechas. «No las cuento», dice, y agrega con humor: «Pero si buscan con inteligencia artificial, les aseguro que son muchísimas».

Su trabajo se publica en revistas de botánica de Argentina y del exterior, forma parte de libros especializados y fue esencial para trabajos didácticos de la Facultad de Agronomía de la UNNE. “Somos muy pocos ilustradores en el país” – dice-, “y nos conocemos casi todos”. Es una profesión que requiere explicación detallada cada vez que alguien pregunta.

Lo que más le gusta es el momento en que pasa sus ilustraciones a tinta: ahí puede poner su impronta. Los botánicos más atentos, dice, advierten las diferencias de estilo entre ilustradores. «Ahí está la parte artística, el estilo, la impronta de cada uno».

En el Día Internacional del Trabajo, Beatriz, Enrique y Laura recuerdan que todos los trabajos son complejos, que todos tienen la misma importancia, y que tener trabajo —en palabras de Laura— es un privilegio.