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Miércoles, 05 Agosto 2020 00:32

Cuento: Dalia la cabezuda

En el mes del niño, el Centro Cultural Universitario de la UNNE propone diversas actividades virtuales para los más pequeños de la casa. Como ejercicio anticipado en la siguiente nota presentan la versión revisada del cuento “Dalia la cabezuda” escrita por Fabián Yausaz.

“Dalia la cabezuda” es un cuento de Fabián Yausaz publicado por el Plan Nacional de Lectura en el 2010. Fabián nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1969 y desde el 2001 vive con su familia en la provincia de Corrientes. Es psicólogo y, con alta vocación de docente, maestro de educación primaria. Además está dedicado a la alfabetización inicial y a la formación de docentes especializados en leer y escribir. También lee mucho (especialmente novelas) y escribe algo. Publicó, en colaboración, el libro ilustrado Martín y Ramona, los poemarios Para que la ternura y Laguna Soto (primera mención poesía certamen nacional del FNA), la novela Verga y tijera (premio Pocha Semper, 2016) y el libro de cuentos Brasil decime qué se siente (primer premio certamen provincial de literatura, Corrientes 2017).


La que compartimos a continuación es una versión revisada por el autor para esta propuesta del CCU para celebrar el mes del niño y consiste en una serie de saltos (sí, como los de las langostas).

1º Salto Leer con los chicos próximos a tu entorno (hijos, sobrinos, nietos, amigos, hermanos, etc) el cuento.

2º Salto Acompañarlos a llegar a las actividades virtuales, en tiempo real, que vamos a proponer desde las diferentes áreas.

3º Salto Estar listo para recibir de los chicos los comentarios y las producciones que resulten de las actividades.

¿Estamos listos?


Dalia la cabezuda

No hay bicho más cabezudo que una langosta cabezuda. Y Dalia era eso: una cabezuda. Ya de larva había sido desobediente. Todas las langostitas caminaban y ella andaba a los saltos jorobando a su familia que se preparaba para ir al campo a trabajar, como corresponde.

Cuando fue un poco más grande, empezó a juntarse con las chicharras que, ya se sabe, andan de juerga por la noche y de día duermen. Lamentablemente lo único que la langosta aprendió de sus amigotas fue a vagar. Porque no hubo forma de que aprendiera a volar como hacen todas las langostas más grandes.

La familia de Dalia se preparaba para levantar la cosecha de trigo. Las langostas de la edad de Dalia ya sabían cortar los brotes tiernos, arrancar las hojas a mordiscones y comerse las flores chiquititas de un bocado. Dalia, en cambio, andaba a los saltos por los campos de la noche.

- Yo quiero ser cantora como las chicharras- le dijo Dalia una tarde a su madre.

Llegó el gran día en que las langostas debían irse. Todas levantaron vuelo, el cielo se puso verde como si en lugar de nubes estuviera hecho de pasto. El zumbido del langosterío aturdió a los chacreros. Dalia vio desde el piso cómo se alejaba su familia voladora.

No es fácil para una langosta volverse cantora, la naturaleza no le regaló a estos bichos el don del canto. Dalia pensó en tomar clases de música. Lo primero que se le ocurrió fue hablar con la calandria o el zorzal, pero los descartó porque seguro que esos pájaros se la comerían en la primera clase. Ningún grillo ni chicharra tuvo ganas de enseñarle. Estaba tan triste que pensó que la música le sería negada para siempre.

La cuestión es que salto va, salto viene, llegó a la ciudad. Es muy duro para una langosta de campo pisar la ciudad, porque no se halla. Se peló sus patitas en el asfalto, se ensució la panza con brea caliente y lo peor fue cuando metió una mano dentro de un agujero y se la quebró.

Se le habían acabado todas sus esperanzas cuando, de repente, escuchó una bella voz saliendo por una ventana. Era el sonido más hermoso que Dalia había escuchado en toda su vida. Se asomó por la ventana y vio a una niña haciéndole upa a una bebota negra. La nena sostenía a la muñeca en su brazo enyesado y la arrullaba cantando:

Madrugaba el Conde Olinos
mañanitas de San Juan
a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.

La langosta quedó fascinada con el canto. Dio un salto mortal y cayó justo sobre el ombligo negro de la muñeca. La nena la espantó y las patitas se le enredaron en los rulos de la bebota. La niña zamarreó a su muñeca y el bicho voló encima de un velador.
Entonces la nena empezó a perseguirla con una ojota. Por suerte no tenía buena puntería, le pegaba al piso, a la pared y a los muebles. Dalia quedó arrinconada en la esquina de un ropero. La langosta sintió que iba a morir aplastada de un ojotazo. Entonces sucedió algo increíble, la nena le acercó su brazo enyesado para que Dalia se subiera. La langosta saltó al yeso de la nena, o sea a mi brazo y la llevé hacia la ventana. Le soplé en la cola y le dije que se fuera a volar a su casa. Como si tuviera un resorte la langosta rebotó en el césped y volvió a entrar a mi cuarto.

- Mirá que sos cabezuda ¿querés morir aplastada?- le dije.

Así fue como Dalia se vino a vivir conmigo. Le puse Dalia de nombre, igual que yo y le enyesé su manito con cinta scotch. Cuando juego a las muñecas, ella se queda en un rincón paradita en cinco patas - la pata enyesada todavía no la apoya. Ella me acompaña en las canciones. Mueve sus alitas haciéndolas crujir como si estuviera en una clase de canto.